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Joseph Haydn fue un compositor clásico, el primero después de Emmanuel Bach. Su pensamiento estrictamente riguroso de las formas lo llevó a vivir situaciones difíciles con Mozart y con Beethoven, de quienes fue maestro. Sin embargo, ese criterio perfeccionista no lo detuvo para escribir la sinfonía de los juguetes en la que usó silbatos, instrumento no reglamentario de la orquesta y que causó bastante desagrado entre los nobles que formaban el público.
Mozart, el climax del clasicismo, además de regocijarse componiendo con juegos de dados, creo “Una broma musical” en la que uno puede apreciar su propuesta para el siglo XX, con el uso de la microtonalidad, la bimodalidad, las birritmias y otras lindezas contemporáneas que en ese tiempo marcaron al músico con el adjetivo de estridentista.
En la angustiosa búsqueda por la liberación creativa, Beethoven tomó caminos escabrosos. Fue un hombre atormentado por su tiempo, vivió entre miembros de la nobleza, pero sentía repudio por ellos; creía en Napoleón Bonaparte como el escogido de la libertad. Le dedicó una obra sinfónica, de la cual se arrepentiría públicamente al conocer el acto de auto coronación del guerrero, convertido ahora en monarca y que pronto fue señalado como enemigo número uno de la humanidad.
Tuvo Beethoven en aquellos días un piano-forte con sus pedales de sostén, y lo usó para crear con los armónicos naturales, masas sonoras nunca antes escuchadas y que permanecen a lo largo de grandes y dramáticos arpegios de las prohibidísimas 9as. Menores, causa principal del disgusto con Haydn. Su obra “La Victoria de Wellington” o “La Batalla de Vitoria” es tal vez la primera pieza a la que se le podría llamar de Música Concreta o Acusmática. En ella Beethoven narra la batalla entre franceses e ingleses en la provincia de Vitoria, España.
Beethoven compuso la obra por encargo del ingeniero Johan Nepomuk Malzel, quien fuera el inventor del metrónomo y de un extraño aparato conocido como Panharmonikon. Este aparato era capaz de reproducir ruidos semejantes al galope de caballos, choques de espadas y explosiones de mosquetes; así como todo un ensamble con sonidos de instrumentos de viento. Esa máquina quedó integrada a la orquesta en la ejecución de la pieza, la cual fue estrenada con gran éxito el 8 de diciembre de 1813 (el entusiasmo del público tal vez se debió a la reciente alianza de Austria e Inglaterra contra Francia). Beethoven siempre se refirió a esa obra como “La gran estupidez”. No gustó de los efectos sonoros del Panharmonikon. Participó de la novedad sin agrado ni curiosidad.
Unos años después de la muerte de Beethoven, aparece la aplanadora musical de Wagner invadiendo el mundo y pretendiendo reinar para siempre. Él se siente obligado a la búsqueda de nuevos timbres, para ello se lanza al encuentro de voces humanas no usadas en la ópera tradicional; intercambia boquillas entre los instrumentos de metal para modificar el timbre. El uso de una armonía flotante en la que cualquier grado puede ser considerado como la tónica, sin que medie transición modulante alguna. Independientemente de los resultados, todas esas incursiones fuera de los límites establecidos tienen el valor de la búsqueda y alientan el progreso.
Debussy reaccionó ante la actitud tiránica y absolutista de Wagner, despreciando la especialización de la que alardeaba éste. Debussy se inclina por la búsqueda de la propia voz. La consecuencia de esa conducta fue un cambio en el derrotero de las herramientas y criterios composicionales. Aparecen los acordes cuartales con los primeros signos de atonalidad en el uso de las escalas de tonos enteros. En tanto, Satié se enfrentó a los criterios de las formas musicales y entonces escribió Música en Forma de Pera, hace un Concierto para Orquesta Sinfónica y Máquina de Escribir Obligada, construye una obra para piano con el nombre de “Vejaciones” con duración de 18 horas.
En Rusia Tchaikovsky compone la “Obertura 1812”, en cuyo estreno se dejaron oír los cañones y las campanas del Kremlim.
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